¿Quién fué Paul Ehrlich?

PaulEhrlichPaul Ehrlich es una de las figuras más notables en el mundo de la ciencia. Considerado por muchos como el padre de la quimioterapia, sus aportes al campo de la inmunología lo hicieron acreedor al premio Nobel en Fisiología y Medicina en el año 1908.

Las teorías propuestas por Paul Ehrlich, lejos de ser rebatidas, han sido refinadas y consolidadas, de modo que bajo su influjo, campos de la ciencia médica como la quimioterapia y la seroterapia han logrado avances inmensurables. No es gratuito entonces que Paul Ehrlich se considere figura central en el nacimiento de la quimioterapia y la inmunología, aparte de genio y mesías de la medicina, entre muchos de los atributos que se le han endilgado.

Hijo de Rosa Weigert e Ismar Ehrlich, quien oficiaba como administrador de una oficina de loterías, Paul Ehrlich nació en 1854 en Strehlen, territorio de la actual Polonia.

A su paso por las universidades de Breslau, Estrasburgo, Friburgo y Leipzig, el joven estudiante de medicina desarrolló un creciente interés por utilizar colorantes químicos, con el objeto de teñir células y tejidos animales. Intrigado en forma particular por el hecho de que ciertos tipos de células captaban determinados colorantes y excluían otros, en su interior probablemente se gestaba el concepto de «afinidad específica», fundamento de las teorías que más adelante postularía sobre la respuesta inmune y la terapéutica experimental. Fue así como aplicó el azul de metileno tanto para el tratamiento del dolor, debido a su afinidad por el tejido nervioso, como para el de la malaria en los seres humanos, gracias a la afinidad por el plasmodium, su agente causal.

Hacia 1890, Ehrlich resolvió enfocar su atención en el naciente campo de la inmunología, gracias a la invitación que le hizo Robert Koch para trabajar en el recién creado Instituto de Enfermedades Infecciosas de Berlín.

Es en este punto de la carrera de Ehrlich donde se debe buscar el origen de su teoría sobre las cadenas laterales (side-chains), que en realidad corresponden a las inmunoglobulinas de las células B y a los receptores de las células T. Fue así como propuso la existencia de interacciones de tipo químico y no biológico entre la toxina y la antitoxina, mediadas a su vez por la presencia en la primera de dos grupos a los que llamó toxóforo y haptóforo, uno de los cuales carecía de efecto tóxico.
En 1908, como reconocimiento a su contribución a la inmunología, recibió el Nobel en Fisiología y Medicina, en compañía del inmunólogo y bacteriólogo ruso Ilya Ilyich Mechnikov, del Instituto Pasteur de París, Francia y en los años siguientes recibió varias nominaciones para el mismo premio.

En ese entonces Paul Ehrlich mantenía una estrecha relación de vieja data con la compañía Farbwerke-Hoechst (en la actualidad Aventis), dedicada a la fabricación de sustancias colorantes. Aunque siempre tuvo a su disposición laboratorios y fondos económicos, esta relación fue determinante en la realización de los 606 ensayos efectuados en ratones, conejillos de indias y conejos, que culminaron con la comprobación de que el derivado del arsénico por él llamado Salvarsan (que salva por medio del arsénico) era eficaz contra la temible espiroqueta causante de la sífilis o Treponema pallidum, descubierta tiempo atrás por Schaudinn y Hoffmann en Berlin.

Para aquel entonces, Ehrlich ya había utilizado la expresión «balas mágicas» (del inglés «magic bullets»), para referirse a los compuestos que en forma específica actuaban contra los microorganismos causantes de enfermedad. El comparaba estas sustancias químicas con verdaderos proyectiles que, en razón de su especial afinidad por los patógenos, tenían poder destructor sobre ellos. Según Ehrlich, las «balas mágicas» debían presentar una máxima toxicidad contra los parásitos y una mínima contra el huésped, propiedad que él mismo se encargaba de explicar en términos de diferencias relativas en la afinidad química por el protoplasma celular. Esto lo llevó a clasificar dichas sustancias en «parasitotrópicas» y «organotrópicas». En adición, acuñó el término «quimioterapia» para separar de la farmacología tradicional al campo de la terapéutica experimental que, según él, tenía como objetivo descubrir sustancias químicas con acción específica sobre las infecciones patogénicas, a diferencia de la farmacología, que se ocuparía sólo en analizar los síntomas producidos por dosis tóxicas de medicamentos eficaces contra enfermedades infecciosas, una vez eran ensayadas en animales superiores saludables.

Ehrlich pensaba que este aparente sesgo hacía que la contribución de la farmacología a la búsqueda de medicamentos verdaderamente curativos fuera muy pobre, sin tener en cuenta que gracias a la investigación en este campo se habían descubierto fármacos como antipiréticos, analgésicos e hipnóticos, de importancia en el tratamiento sintomático. Por otra parte argumentaba que las ventajas de la quimioterapia residían en la inducción experimental de la enfermedad y en el estudio del efecto de las drogas aplicadas contra ella en los animales utilizados con tal fin. Sus afirmaciones recibieron muchas críticas, no sólo porque se consideraba que la aplicación de medicinas específicas contra afecciones particulares, tan antigua como el hombre mismo, ipecacuana contra la disentería y mercurio contra la sífilis, estaba ligada en forma indisoluble a la farmacología tradicional, sino también porque era gracias a los métodos farmacológicos, y no a la quimioterapia, como se había llegado a obtener un conocimiento más preciso sobre los medicamentos que se utilizaban contra las enfermedades más comunes en la época.

No estuvo pues el nacimiento de la nueva ciencia de la quimioterapia exento de controversia. Sin embargo, esto no fue obstáculo para que sus seguidores continuaran adelante con el desarrollo de sus propias «balas mágicas», en acuerdo tácito con la decisión tomada tiempo atrás por Paul Ehrlich, en el sentido de llevar los colorantes desde el campo de la histología hasta la quimioterapia, tal como lo había hecho con el azul de metileno, el rojo tripano y el Salvarsan. Algunos de los más renombrados seguidores de Ehrlich fueron, Edgar Lederer (1908-1988) del CNRS de Francia, creador de «balas mágicas» consistentes en dipéptidos de muramilo que estimulaban la respuesta inmune contra virus, bacterias, protozoos parásitos, así como contra antígenos tumorales; Reid Hunt (1870-1948), jefe del Laboratorio de Higiene del Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos, entidad precursora del NIH y su estudiante Carl Voegtlin (1879-1960), ardientes defensores de la quimioterapia contra las enfermedades infecciosas por encima de las vacunas o el suero; y los premios Nobel 1988 George Hitchings y 1967 Manfred Eigen también se dedicaron al desarrollo de nuevas «balas mágicas».

Con su descubrimiento de los priones, Stanley Prusiner, investigador de la Universidad de California, avizoró el fascinante campo de las proteínas cerebrales que, mediante cambios en su estructura tridimensional podían convertirse en «balas mágicas» causantes de infección, trabajo que lo hizo merecedor del premio Paul Erhlich en 1995 y del premio Nobel en 1997.

Es evidente que en los hallazgos efectuados por Ehrlich en el campo de la terapéutica se encuentra la simiente que inspiró el diseño de los agentes farmacológicos sintéticos que se utilizan en la investigación y la terapia médica actuales. Las «balas mágicas» de Salvarsan para el tratamiento de la sífilis, en el que observó su principio de «afinidad selectiva» (eliminar al germen causante de enfermedad sin lesionar al organismo), le significaron la gloria y condujeron al ulterior desarrollo de medicamentos como las sulfamidas, los antibióticos y en forma más reciente, los medicamentos antitumorales que incluyen a los péptidos recombinantes, así como también a agentes citotóxicos o radioactivos que pueden ser marcados en forma selectiva con anticuerpos monoclonales.

Demostración de su carácter perseverante fue su insistencia en que sus discípulos y colaboradores repitieran una y otra vez las pruebas que los habían conducido a un determinado resultado, antes de que éste fuese publicado. Siempre interesado en el bienestar de sus asistentes, no perdió su sencillez ni su proverbial afabilidad, no obstante los múltiples reconocimientos y honores académicos que recibió a lo largo de su existencia. En adición al premio Nobel de Fisiología y Medicina, obtuvo doctorados honoris causa en las universidades de Oxford, Gottingen y Chicago, los premios Cameron de la Universidad de Edimburgo, Honorífico de los Químicos de Alemania y Honorífico del Congreso de Medicina de Lisboa, además de condecoraciones de varios países del orbe y membresías honorarias de asociaciones y academias de ciencia.

Fumador empedernido, su salud se resintió después varios años de supervisar la entrega en gran escala de Salvarsan y suero al ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial hasta que, en estado de agotamiento físico y mental, murió de un ataque al corazón en 1915.

El profundo respeto y admiración que inspiró Paul Erhlich en sus contemporáneos quedaron plasmados en el obituario que el profesor Arnold Berliner escribió entonces para el periódico «Naturwissenschaften»:

«En el amanecer de la historia» nos dice Goethe, «los hombres tenían una creencia solemne y a veces aterradora. Ellos imaginaban a sus antepasados en comunión silenciosa, sentados en un círculo de tronos dentro de grandes cuevas. Si una nueva alma entraba a acompañarlos, ellos tendrían que levantarse e inclinarse para darle la bienvenida, en caso de que fuese lo suficientemente digno. Los antepasados son aquellos grandes hombres cuyos servicios a la humanidad quedan registrados en el Libro de la Eternidad. Podemos estar seguros que ellos se inclinarán en actitud de profunda veneración ante el hombre que ahora entra en su presencia».

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